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sábado, 2 de diciembre de 2017

Educar para cuando ellos “falten”

Fuentes consultadas: “¡Perdón chicos, os hemos fallado” de Adela Tarifa Fernández (artículo de opinión), “¿Qué hijos vamos a dejar a este mundo” de Leopoldo Abadía (artículo de opinión) y “Kintsukuroi” de Tomás Navarro.

No me cansaré de decirlo: la muerte es, además de inevitable, lo único seguro, pero ¡qué poco nos han preparado para afrontar la propia muerte y, lo que es peor, la de los demás!

Muchas personas de mi generación, tuvimos la valiosa ayuda de la educación de nuestros padres que, con pocos “conocimientos”, pero con más acierto que un sabio, nos educaron con la mentalidad de “para cuando nosotros faltemos”, nos procuraron una buena formación y nos exigieron. Nunca se lo agradeceremos bastante.

Además, la vejez, la enfermedad, la muerte… formaban, “naturalmente”, parte de la vida familiar. Cuando los abuelos enfermaban o no podían valerse por sí mismos se venían a vivir a casa y, de una y otra manera, toda la familia, adultos y niños, se implicaba en su cuidado… Y en casa morían y allí se les velaba hasta su entierro… Y allí, tras su pérdida, continuaba la vida.

En la actualidad, alejamos el sufrimiento de la mente de los más jóvenes: nada de llevarlos demasiado a hospitales o a visitar al abuelo que vegeta en una residencia cercana. Educamos como si la muerte no contara y fuera siempre la protagonista de las vidas ajenas. A menudo, confundimos ser padres con sobreproteger.

No hay nada peor que crear dependencia en los hijos. Sin embargo, muchos padres y madres lo hacen y, de esta manera, al sentirse imprescindibles, refuerzan y dan sentido a su papel de padres. Ahora bien, flaco favor es el que se le hace a unos hijos que, cuando fallecen sus padres, aun siendo adultos, se quedan desamparados, perdidos y rotos.

La labor de los padres como educadores, solo terminará cuando los hijos sean autónomos, fuertes, equilibrados y libres. Para ello, tienen la responsabilidad de proporcionarles todas las herramientas necesarias. Hoy en día lo sabemos todo, pero ocurre que, como lo sabemos todo, no hacemos nada.

Ya sé que las cosas ya no son como antes, que todos tienen mucho trabajo, que el padre y la madre llegan cansados a casa, que la autoridad de los padres es cosa del siglo pasado.

Con esta reflexión no pretendo el “endurecimiento” de las personas, pero, aunque es imposible no sufrir ante la muerte de un padre o una madre, una persona adulta debería tener la confianza en sí misma necesaria para gestionar esta dolorosa pérdida y no caer en un insuperable pozo de sufrimiento.


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