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lunes, 26 de junio de 2017

Conectar con tu vocación

Fuente: “Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz” de Walter Riso.


La mayoría de los diccionarios definen la vocación como la inclinación a un estado, una profesión o una carrera, pero es mucho más que eso porque, conectar con tu vocación, implica descubrir tu naturaleza esencial y, por tanto, tiene que ver con la autorrealización.

Debes buscar tus dones, tus fortalezas, tus talentos. Todos tenemos algún atributo especial, aunque estemos lejos de la “perfección” que nos quieren imponer.

Estás empezando a conectar con tu vocación si lo que haces te sale del alma, lo haces bien y tienes facilidad para llevarlo a cabo; si lo haces con pasión, gusto y satisfacción; si la gente se acerca a ti y le llama la atención lo que haces…

Es verdad que no todo el mundo puede conectar con su vocación. No hay un método concreto para hacerlo. Lo que sí puedo decirte es que de tanto golpear puertas a veces se abre la que es. De pronto, encuentras algo con lo cual fluyes, pierdes la dimensión del tiempo y no sientes el esfuerzo de llevarlo a cabo. Es como si hubieras encontrado la pieza que faltaba en tu rompecabezas existencial.

Cuando conectas con tu vocación, el “yo” se expande y te sientes en tu lugar. Ahí no habrá dudas. La suerte, que no es más que la coincidencia de uno con uno mismo, se llama autorrealización.

Es entonces cuando sientes lo trascendente, lo mágico y… ¿encuentras a Dios?


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miércoles, 21 de junio de 2017

Usar la imaginación (II)

Fuente: “El hombre que calculaba” de Malba Tahan.


Hacía pocas horas que viajábamos sin interrupción, cuando nos ocurrió una aventura digna de ser referida, en la cual mi compañero Beremís puso en práctica, con gran talento, sus habilidades de eximio algebrista.

Encontramos, cerca de una antigua posada medio abandonada, tres hombres que discutían acaloradamente al lado de un lote de camellos.

Furiosos se gritaban improperios y deseaban plagas:

—¡No puede ser!

—¡Esto es un robo!

—¡No acepto!

El inteligente Beremís trató de informarse de qué se trataba.

—Somos hermanos —dijo el más viejo— y recibimos, como herencia, esos 35 camellos. Según la expresa voluntad de nuestro padre, debo yo recibir la mitad, mi hermano Hamed Namir una tercera parte, y Harim, el más joven, una novena parte. No sabemos sin embargo, como dividir de esa manera 35 camellos, y a cada división que uno propone protestan los otros dos, pues la mitad de 35 es 17 y medio. ¿Cómo hallar la tercera parte y la novena parte de 35, si tampoco son exactas las divisiones?

—Es muy simple —respondió el “Hombre que calculaba”—. Me encargaré de hacer con justicia esa división si me permitís que junte a los 35 camellos de la herencia, este hermoso animal que hasta aquí nos trajo en buena hora.

Traté en ese momento de intervenir en la conversación:

—¡No puedo consentir semejante locura! ¿Cómo podríamos dar término a nuestro viaje si nos quedáramos sin nuestro camello?

—No te preocupes del resultado “bagdalí” —replicó en voz baja Beremís—. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Dame tu camello y verás, al fin, a que conclusión quiero llegar.

Fue tal la fe y la seguridad con que me habló, que no dudé más y le entregué mi hermoso “jamal”, que inmediatamente juntó con los 35 camellos que allí estaban para ser repartidos entre los tres herederos.

—Voy, amigos míos —dijo dirigiéndose a los tres hermanos— a hacer una división exacta de los camellos, que ahora son 36.

Y volviéndose al más viejo de los hermanos, así le habló:

—Debías recibir, amigo mío, la mitad de 35, o sea 17 y medio. Recibirás en cambio la mitad de 36, o sea, 18. Nada tienes que reclamar, pues es bien claro que sales ganando con esta división.

Dirigiéndose al segundo heredero continuó:

—Tú, Hamed Namir, debías recibir un tercio de 35, o sea, 11 camellos y pico. Vas a recibir un tercio de 36, o sea 12. No podrás protestar, porque también es evidente que ganas en el cambio.

Y dijo, por fin, al más joven:

—A ti, joven Harim Namir, que según voluntad de tu padre debías recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte de otro, te daré una novena parte de 36, es decir, 4, y tu ganancia será también evidente, por lo cual sólo te resta agradecerme el resultado.

Luego continuó diciendo:

—Por esta ventajosa división que ha favorecido a todos vosotros, tocarán 18 camellos al primero, 12 al segundo y 4 al tercero, lo que da un resultado (18 + 12 + 4) de 34 camellos. De los 36 camellos sobran, por lo tanto, dos. Uno pertenece, como saben, a mi amigo el “bagdalí” y el otro me toca a mí, por derecho, y por haber resuelto a satisfacción de todos, el difícil problema de la herencia.

—¡Sois inteligente, extranjero! —exclamó el más viejo de los tres hermanos—. Aceptamos vuestro reparto en la seguridad de que fue hecho con justicia y equidad. El astuto Beremís –el “Hombre que calculaba”— tomó luego posesión de uno de los más hermosos “jamales” del grupo y me dijo, entregándome por la rienda el animal que me pertenecía:

—Podrás ahora, amigo, continuar tu viaje en tu manso y seguro camello. Tengo ahora yo, uno solamente para mí.

Y continuamos nuestra jornada hacia Bagdad.


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viernes, 16 de junio de 2017

Estaré aquí mismo...

En julio de 2012 escribía en la entrada “Dos años despertando” lo siguiente: “Este segundo año de vida del blog, ha sido para mí un año lleno de oportunidades en el que se han producido y se producirán, si Dios lo quiere, grandes cambios en mi vida: he cambiado de casa y, tras las vacaciones, en septiembre cambiaré de puesto y lugar de trabajo. No creo en la casualidad...


“I have a dream”. Richard Clayderman.

En septiembre de 2012, comencé a trabajar en un nuevo colegio. Cuando eres la última que llega, por mucha experiencia que tengas, lo desconoces todo y tienes muy pocas oportunidades de elegir curso. El caso es que me asignaron la tutoría de un grupo de segundo de primaria. Se supone que estaría un solo curso con estos niños y niñas, hasta finalizar el primer ciclo. Pues bien, aunque es algo excepcional en cualquier centro escolar, he sido su maestra tutora durante cinco cursos escolares.

Como es normal, en estos cinco cursos se produjeron algunas bajas, inmediatamente cubiertas, de niños y niñas que se marcharon a vivir a otra ciudad o a otro colegio más próximo a su domicilio. En el camino también se unieron algunos niños “repetidores”. De esta manera, se fue formando un grupo muy heterogéneo de niños y niñas con enormes ganas de aprender, aunque, eso sí, algunos con pocas ganas de estudiar. Todos, y cada uno a su manera, diferentes, únicos, incomparables y especiales.

Les he dado durante cinco cursos Lengua, Matemáticas, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, Plástica y en quinto, además, Ciudadanía. Son, por tanto, muchas las horas de convivencia y hago gala de conocerlos bien.

Siempre evité ser solo su profesora y aunque la palabra maestra me queda, sin duda, grande, he intentado serlo. Sigo con el pensamiento ilusionante de que lo que hago no es en vano. Ese es el principal motor para conseguir, cada día, colgar la mochila del desaliento junto a las mochilas de mis alumnos/as y ya, liberada de peso, iniciar mi tarea. Enseño todo lo que sé. No guardo nada. Me vacío para poder llenarme… y aprendo. Siempre aprendo.

Aunque sé que “las cosas” más importantes se aprenden en casa, me he esforzado para enseñarles, sobre todo con el ejemplo, a pensar, a tener capacidad crítica y unos principios morales sólidos y me he sentido apreciada y apoyada por unas familias que desde el principio entendieron que la educación de sus hijos e hijas era una tarea compartida y depositaron en mí su confianza y la autoridad necesaria para educarlos. Evidentemente, no puedo gustarle a todo el mundo y asumo con naturalidad tanto el reconocimiento, como la desaprobación o la indiferencia. En cualquier caso, nunca aparento ser lo que no soy para intentar agradar.

En cuanto a las nuevas reformas educativas, he intentando no perder el norte y tener claro lo que debía transmitir, sabiendo que quien se escandaliza ante lo nuevo, demuestra que se está haciendo viejo, pero quien defiende cualquier cosa que sea nueva demuestra su estupidez.

El tiempo pasa inexorablemente y los niños y niñas crecen demasiado deprisa. Es ley. El día 23 de junio finaliza el curso escolar y acabarán la etapa de educación primaria. Yo les he hablado de que tienen que cerrar un círculo. ¡Qué tontería! Con doce años, la vida les empuja con una fuerza arrolladora y están rebosantes de ilusión, emoción y alegría, con algunas pequeñas gotas de temor e incertidumbre, por el cambio a un centro de enseñanza secundaria.

Lo del círculo, en realidad, lo digo por mí, porque sé que me quedan ya pocos por cerrar en mi profesión y siempre siento temor al volver a empezar de nuevo con otros niños y niñas. Pero la vida está para adelante, nunca para atrás, y espero seguir disfrutando de cada día en la escuela, porque es un regalo que la vida me da.

A mis niños y niñas, solo me queda darles las gracias por haberme hecho disfrutar de mi trabajo durante cinco cursos escolares, desearles que vivan una VIDA con mayúsculas y decirles que estaré aquí mismo... Qué Dios los bendiga.



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domingo, 11 de junio de 2017

Cuentos envidiosos (II)

Fuentes: "Gente Tóxica" y “Emociones tóxicas” de Bernardo Stamateas.


Había un hombre vendiendo cangrejos en la playa. Tenía dos cubos llenos de animales vivos: uno estaba cubierto con una malla y el otro, tapado. Una mujer le preguntó: "¿Por qué ha tapado un cubo y el otro no?" Entonces el vendedor respondió. "Porque vendo dos tipos de cangrejos: japoneses y argentinos. El cangrejo japonés siempre trata de salir del cubo; cuando no lo consigue, los demás hacen una cadena, se apoyan unos a otros y así todos logran salir, por eso he tenido que ponerles una tapa. Los cangrejos argentinos* también tratan de escaparse, pero cuando uno intenta saltar, los de más abajo lo agarran y así ninguno escapa."

La envidia es una profunda rabia producida por el logro de otros: reconocimento, casa, familia, pareja, amigos... Es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitar lo que ha logrado la persona objeto de su envidia. La excelencia y el éxito siempre traen envidia. Nadie envidia a un miserable o a un mendigo...

* Nota de Luma Olivares: Los cangrejos podrían ser, perfectamente, españoles.


Una niña vuelve del colegio llorando:

–Mamá, dicen que soy envidiosa, no aguanto más.

–Deja –le dice la madre–. Voy a ir al colegio a hablar con todos esos desgraciados y se van a ir al infierno.

–No, mamá, porque se van a ir ellos y yo no.

Los envidiosos son amargados, viven compitiendo y comparándose con todos.


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martes, 6 de junio de 2017

Dos voces

Fuente: “Nudos mentales” de Bernardo Stamateas.


Existen dos voces, la exterior y la interior. La importante es la interior.

Si, por ejemplo, me dicen “tonto” (voz exterior) y esa voz coincide con mi voz interior, es decir, yo también me digo a mí mismo “tonto”, entonces ese adjetivo me dolerá. Pero aunque la voz “exterior” me diga “tonto” si no coincide con mi voz interior (yo me digo que soy inteligente), entonces no hay dolor.

Cuando las voces no coinciden no hay dolor.

No podemos manejar las voces exteriores, pero sí las interiores.


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sábado, 3 de junio de 2017

Buenos modales

Fuente: "Un minuto para el absurdo" de Anthony de Mello


El Maestro no era, ciertamente, un obseso de la etiqueta y las buenas maneras, aunque siempre daba muestras de una natural educación y elegancia en su trato con los demás.

Una noche, llevando al Maestro a su casa en automóvil, un joven discípulo se mostró especialmente grosero con un agente de tráfico, y en su propio descargo le dijo al Maestro:

—Prefiero ser yo mismo y que la gente sepa exactamente cómo me siento... La cortesía no es más que aire...

—Eso es verdad —dijo conciliador el Maestro—, pero aire es también lo que llevamos en los neumáticos, y fíjate cómo suaviza los baches...


El Maestro paseaba calle abajo cuando, de pronto, salió de un portal un hombre que chocó violentamente con él.

El individuo, totalmente fuera de sí, rompió a soltar palabrotas. El Maestro hizo una breve inclinación, sonrió amablemente y le dijo:

—Amigo, no sé quién de los dos ha tenido la culpa de que chocáramos, pero no estoy dispuesto a perder el tiempo tratando de averiguarlo...Si la culpa ha sido mía, le pido perdón; si ha sido suya, olvídelo.

Y, tras hacer una nueva inclinación y esbozar una nueva sonrisa, siguió caminando.

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